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Panenka (n. 23). La escuela de la calle

Panenka n.23PANENKA (n. 23, octubre 2013). Monográfico. La escuela de la calle: cuando el barrio marca al futbolista. Barcelona: Belgrado 76.

A los pies de la enorme noria del Prater, entre las sombras de la Viena de posguerra, el personaje maquiavélico y tenebroso que interpretaba Orson Welles en El tercer hombre ensalzó las ventajas creativas que implicaría crecer en un entorno complicado. Aplicada al mundo del fútbol, esta sentencia trazaría una relación directa entre el entorno y el artista: a mayor humildad de medios, más probabilidad de aparición de genios. Desde las villitas polvorientas de Lanús a las calles de la Amsterdam bombardeada, desde las favelas brasileñas a los descampados de Munich, todos los grandes del balón comparten unos orígenes modestos y –a pesar de la disparidad geográfica– unas mismas coordenadas: un balón trotando en un barrio. Al menos durante el siglo XX, el fútbol resultó de una pasión de y para la clase obrera. El fútbol sigue esperando a su primer crack mundial surgido en un entorno pudiente, al primer niño que se baje del carrito de golf de papá para tirarle caños a las viejas del mercado

En este número nos preguntamos cómo influye el barrio en la formación del jugador e indagamos sobre la pervivencia del futbolista de calle en un momento de canteras académicas globalizadas. Aún desconocemos si la profesionalización precoz del fútbol formativo –espoleada por los grandes clubes, en detrimento de históricas instituciones de barrio– acabará con el genio silvestre que brotaba como mala hierba entre los adoquines de las plazuelas.

Como las de la Txantrea, en Pamplona. Barriada de aluvión migratorio procedente del campo navarro en los 60, bastión de las luchas antifranquistas en los 70, plaza fuerte del sindicalismo, el paro y la droga en los 80, el barrio mantiene su espíritu contestatario: “La Txantresa pesadilla siniestra, eres la culpable de querer vivir en paz”, cantaba Barricada, un grupo forjado en sus calles. Entre sus casas de ladrillo vista, construidas por los propios vecinos, Iker hizo lo que sus colegas: se bajó en bañador y chanclas al banco de la plaza con unas patatas fritas y un refresco. Acababa de ganar el Europeo sub 21, pero la imagen y el texto con el que la acompañó hablaban de su apego a las raíces: “Como en el barrio, en ningún sitio”.

¿Qué nos dice Muniain sobre la “Txan”? ¿Cuánto del espíritu rebelde de su vecindario hay en el habilidoso extremo del Athletic? ¿Si hubiera nacido en La Moraleja seguiría siendo Iker un Miguel Ángel del balón o sólo un reloj de cuco con piscina y jardín de nacimiento?”

[editorial en la publicación, bajo el título “El entorno y el artista”]

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