Los nombres esenciales del arte urbano y del graffiti español, de MARIO SUÁREZ

 

SUÁREZ, Mario. Los nombres esenciales del arte urbano y del graffiti español. Madrid: Lunwerg, 2011. ISBN 978-84-9785-765-9

El grupo de artistas callejeros de los años ochenta, los llamados flecheros, crearon un estilo propio: el graffiti autóctono madrileño. Durante esos años la permisividad legal que amparaba a este grupo de artistas provocaba más leyendas en torno a ellos que quejas o denuncias por parte de las fuerzas de seguridad municipales y de los vecinos. Pintar en los años ochenta en las paredes se convirtió en poco tiempo en una subcultura instalada entre un grupo de jóvenes que veían en el graffiti la fórmula para construir su personalidad dentro de un grupo. Pintar en los años ochenta era una experiencia juvenil, había problemas sociales (drogas, paro…), y muchos chavales de los barrios obreros veían en el graffiti un modo de ser reconocidos, valorados, de integrarse dentro de una comunidad o de un grupo de amigos e incluso dentro de su propia ciudad.

En Barcelona la expansión del graffiti se llevó a cabo de manera independiente y paralela a los autóctonos de Madrid y alrededores. La fórmula creativa que más proliferó fue la plantilla o stencil. Las plantillas retrataban iconos televisivos, sociales y políticos en actitudes irónicas, mensajes iconográficos que llegaron a ser una plaga en la ciudad y que constituyeron una idiosincrasia única en España, con un éxito mediático de importante calibre y esporádicos apoyos de las instituciones. Se aprecia también la inserción de escritores en los movimientos sociales. El graffiti se convierte en plataforma para difundir mensajes relacionados con los movimientos vecinales, alternativos, políticos…

A mediados de los noventa los graffiteros autóctonos empiezan a desaparecer, y únicamente quedan activos nuevos grupos que buscan otras formas de extender su arte, mediante fanzines, festivales o grandes murales autorizados. El ideal romántico de crear una pieza furtiva por la noche, con los amigos del barrio, empieza a tambalearse.

También por entonces un joven llamado Jordi Rubio, relacionado con el mundo empresarial de las pinturas, decide montar un negocio centrado en la venta de Sprays. La empresa se llamará Montana Colors. Todos los escritores de España comenzaron a demandar sus productos, hasta tal punto que saltan la frontera, y comienzan a vender en Francia, Alemania, Suiza o Italia. Hoy es el líder internacional del sector.

Desde finales de los noventa, las autoridades municipales se muestran mucho más abiertas. Muchos ayuntamientos comienzan a valorar el graffiti, llegando a casos como el de Leganés, donde el Ayuntamiento creó el primer museo urbano del graffiti.

Aunque paralelamente está surgiendo otro tipo de artista, más conceptual y complejo, más maduro, que convivirá con el trabajo de los escritores autóctonos. Es lo que Javier Abarca llama ‘postgraffiti’, que también hoy se conoce como arte urbano o ‘street art’. Un arte, casi siempre gráfico y rara vez textual, en el que el viandante está invitado a participar. El postgraffiti tiene un mensaje que el espectador debe descifrar. A su difusión ayuda Internet. El concepto de barrio desaparece: hoy el barrio es la red.

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